Hay videojuegos que envejecen y otros que, sencillamente, se niegan a hacerlo. Mirror’s Edge pertenece a ese segundo grupo. Una experiencia única que, casi dos décadas después, sigue demostrando que no hacen falta mundos gigantescos ni historias interminables para dejar una huella imborrable.
Un salto al pasado que sigue emocionando
Corría el año 2008 cuando DICE, el estudio responsable de Battlefield, decidió sorprendernos con una propuesta completamente diferente a lo que estábamos acostumbrados. Su nombre era Mirror’s Edge y llegaba a PlayStation 3, Xbox 360 y posteriormente PC con una premisa tan sencilla como revolucionaria: convertir el movimiento en primera persona en el verdadero protagonista de un videojuego.
Tuve la oportunidad de disfrutarlo en mi PlayStation 3 y también en la Xbox 360 de mi hermano. Recuerdo perfectamente aquella sensación de estar jugando a algo distinto, a una propuesta que no se parecía prácticamente a nada de lo que había probado hasta entonces. Recientemente he vuelto a recorrer sus tejados gracias a mi Steam Deck y he descubierto algo maravilloso: Mirror’s Edge sigue siendo un auténtico juegazo.
Y no lo digo únicamente por nostalgia. Lo digo porque su propuesta jugable, su dirección artística y su extraordinaria banda sonora conservan buena parte de la magia que me conquistó hace tantos años.
Una ciudad que no se parece a ninguna otra
Si hay algo que distingue a Mirror’s Edge de prácticamente cualquier otro videojuego es su ambientación. La ciudad en la que transcurre la aventura es una auténtica maravilla visual, con edificios blancos, superficies impolutas, enormes cristaleras y una utilización magistral de colores intensos que contrastan con una arquitectura aparentemente fría y minimalista.
El rojo, especialmente, adquiere un protagonismo fundamental, guiándonos por escenarios que parecen diseñados tanto para ser admirados como para ser recorridos a toda velocidad. Y lo más sorprendente es que, pese a los años transcurridos, su estética continúa funcionando extraordinariamente bien.
En una industria obsesionada con el realismo gráfico, Mirror’s Edge demuestra que una buena dirección artística puede resultar mucho más duradera que cualquier despliegue tecnológico. Sus escenarios tienen personalidad y son reconocibles al instante. Basta contemplar una captura para saber que estamos ante Mirror’s Edge, y eso es algo que muy pocos videojuegos consiguen.

Correr, saltar y sentir la adrenalina
La jugabilidad es otro de sus grandes aciertos. Encarnamos a Faith Connors, una runner que utiliza los tejados de la ciudad para transportar información evitando los sistemas de vigilancia. Pero lo verdaderamente importante no es tanto lo que hacemos como la manera en que lo hacemos.
Correr por una azotea, impulsarnos contra una pared, deslizarnos bajo un obstáculo y saltar hacia un edificio aparentemente inalcanzable se convierte en una experiencia extraordinariamente satisfactoria. Al principio cometemos errores, calculamos mal las distancias y terminamos cayendo al vacío más veces de las que nos gustaría reconocer. Pero poco a poco comenzamos a dominar sus mecánicas y entonces llega la magia.
Cuando conseguimos encadenar movimientos sin detenernos, cuando atravesamos un escenario de forma fluida y sentimos que cada salto forma parte de una coreografía perfectamente ejecutada, Mirror’s Edge alcanza su máxima expresión. Pocos videojuegos han conseguido transmitir una sensación de velocidad y libertad tan convincente.
No todo es perfecto, evidentemente. Los enfrentamientos con enemigos resultan menos inspirados que las secciones de plataformas y en ocasiones interrumpen un ritmo que funciona mucho mejor cuando simplemente nos dejan correr. Pero cuando el juego encuentra su cadencia, resulta absolutamente trepidante.
Una banda sonora para el recuerdo
Y aquí llegamos a uno de mis apartados favoritos: la música. La banda sonora de Mirror’s Edge, compuesta por Solar Fields, es sencillamente espectacular. Sus composiciones electrónicas encajan de manera magistral con esa ciudad futurista, fría y aparentemente perfecta que recorremos durante la aventura.
Hay momentos en los que la música acompaña discretamente nuestros movimientos y otros en los que consigue elevar la tensión hasta convertir una persecución en una experiencia memorable. Pero si hay una canción que merece una mención especial es Still Alive, interpretada por Lisa Miskovsky. ¡Qué auténtico temazo!
Es una de esas canciones que quedan inevitablemente asociadas a un videojuego y que, años después, siguen siendo capaces de transportarnos a los momentos que vivimos con él. Para mí, Still Alive representa perfectamente la esencia de Mirror’s Edge: libertad, melancolía, velocidad y una extraña sensación de esperanza. Una canción maravillosa para un videojuego que también lo es.
Una historia que no está a la altura
Pero no todo iban a ser elogios. Si hay un apartado en el que Mirror’s Edge muestra sus debilidades es en su historia. La premisa de una sociedad sometida a una vigilancia constante, en la que un grupo de corredores transporta información al margen del sistema, resulta muy atractiva. Sin embargo, su desarrollo narrativo no consigue aprovechar todo el potencial de ese universo.
La trama avanza sin demasiadas sorpresas, algunos personajes quedan poco desarrollados y la historia termina resultando menos memorable de lo que merecía semejante ambientación. Es una verdadera lástima porque el mundo creado por DICE tenía ingredientes suficientes para construir algo mucho más ambicioso.
Afortunadamente, estamos ante uno de esos videojuegos en los que la experiencia jugable termina imponiéndose a las limitaciones narrativas. Y cuando correr por los tejados resulta tan divertido, es fácil perdonar una historia que simplemente cumple.
La oportunidad perdida de una gran saga
En 2016 llegó Mirror’s Edge Catalyst, una reinterpretación de los orígenes de Faith que apostaba por una estructura de mundo abierto y una propuesta más ambiciosa. Sobre el papel, parecía la oportunidad perfecta para consolidar una nueva franquicia. Sin embargo, Catalyst no consiguió dar a la saga el impulso que necesitaba, y personalmente me parece una verdadera pena.
Mirror’s Edge tenía algo que resulta cada vez más difícil de encontrar en esta industria: una identidad propia. No necesitaba convertirse en otro gigantesco mundo abierto ni competir con las grandes superproducciones en cantidad de contenido. Su mayor virtud era precisamente ofrecer una experiencia diferente, directa y extraordinariamente reconocible.
Me habría encantado que Electronic Arts hubiera continuado apostando por esta franquicia, perfeccionando sus mecánicas, profundizando en su universo y construyendo nuevas aventuras alrededor de Faith. Quién sabe qué habría podido llegar a ser Mirror’s Edge con una tercera entrega que recogiera lo mejor de sus dos propuestas anteriores. Desgraciadamente, aquella prometedora saga terminó quedándose en tan solo dos videojuegos.

Un pequeño tesoro por descubrir por menos de cinco euros
Y aquí viene una de las mejores noticias para quienes todavía no lo hayan disfrutado. Mirror’s Edge es actualmente uno de esos videojuegos que merece la pena rescatar. En el mercado de segunda mano es posible encontrar oportunidades para PlayStation 3 y Xbox 360 por menos de cinco euros, dependiendo del estado y del vendedor. Y en PC también podemos conseguirlo a precios muy reducidos aprovechando las ofertas digitales.
Además, poder disfrutarlo hoy en una consola portátil como Steam Deck es una auténtica delicia. Resulta sorprendente pensar que una experiencia que en su momento disfruté en el salón, delante del televisor y con mi PS3, pueda acompañarme ahora prácticamente a cualquier lugar. Y lo mejor de todo es comprobar que sigue siendo tan divertido.
Porque hay videojuegos que necesitan de la nostalgia para mantener su encanto. Mirror’s Edge no es uno de ellos.
Cuando ser diferente era suficiente
En una época en la que los videojuegos parecen competir constantemente por ofrecer mapas más grandes, cientos de actividades secundarias y decenas de horas de contenido, volver a Mirror’s Edge resulta casi refrescante. Es un recordatorio de que la originalidad, una buena dirección artística y unas mecánicas bien diseñadas pueden ser suficientes para crear algo extraordinario.
No es un juego perfecto. Su historia podría haber sido mucho mejor, los combates no siempre funcionan y algunas decisiones jugables son discutibles. Pero tiene algo mucho más importante: personalidad. Y esa personalidad sigue intacta casi veinte años después.
Me da verdadera lástima pensar que posiblemente nunca volvamos a acompañar a Faith en una nueva aventura. Porque todavía quedan muchos tejados por recorrer, muchos saltos imposibles por ejecutar y muchas historias por contar en ese universo tan especial.
Mientras tanto, siempre podremos regresar al original, volver a escuchar Still Alive y recordar que, en ocasiones, para sentirnos verdaderamente libres, lo único que necesitamos es echar a correr.
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