De los 16 bits a los primeros mundos tridimensionales. Un viaje personal a los años noventa, cuando una consola gris, un Porsche Challenge y un disco de demos bastaban para hacernos sentir que el futuro había llegado a casa.
Cuando los 16 bits parecían insuperables
Hay momentos en la historia de los videojuegos que permanecen grabados para siempre en nuestra memoria. No necesariamente porque fueran los mejores, sino porque marcaron un antes y un después en nuestra manera de entender este maravilloso entretenimiento.
Para quienes crecimos entre cartuchos, recreativas y tardes interminables delante del televisor, los años noventa fueron una época irrepetible.
Venir del colegio, dejar la mochila en cualquier rincón y encender nuestra Super Nintendo era uno de esos pequeños placeres que convertían un día cualquiera en algo extraordinario.
Super Mario World, Street Fighter II, Donkey Kong Country, Super Metroid… Aquellos videojuegos nos parecían sencillamente insuperables.
Y entonces apareció Sony.
Una compañía que hasta aquel momento muchos asociábamos principalmente con televisores, equipos de música y reproductores de CD decidió irrumpir en un mercado dominado por Nintendo y Sega.
PlayStation llegó a Europa en septiembre de 1995 y terminó convirtiéndose en uno de los mayores fenómenos de la historia del entretenimiento.
Lo que ocurrió después cambió la industria para siempre.
Y también cambió mi manera de entender los videojuegos.
El sonido que anunciaba una nueva era
Todavía hoy resulta difícil explicar lo que significaba encender una PlayStation por primera vez.
Aquel sonido de arranque, profundo, misterioso, casi futurista, era mucho más que una simple melodía de bienvenida. Era la sensación de estar entrando en una nueva generación.
El logotipo de Sony, seguido de aquella inconfundible pantalla de PlayStation, se convirtió en una ceremonia que repetíamos cada vez que queríamos jugar. Mi primera PlayStation fue una de aquellas ediciones que ya venían con los mandos DualShock, con sus dos sticks analógicos y su sistema de vibración.
Recuerdo perfectamente la sensación de tener aquella consola en casa. Venía de una generación en la que los mundos se construían con sprites y píxeles, en la que habíamos aprendido a imaginar la profundidad de los escenarios y en la que los personajes se movían sobre planos bidimensionales.
Y de repente tenía delante una máquina capaz de representar mundos tridimensionales. Hoy puede parecer algo insignificante. Entonces era ciencia ficción.
Porsche Challenge: mi primera ventana al futuro
Mi primer videojuego de PlayStation fue Porsche Challenge.
Y todavía recuerdo la impresión que me produjo.
Puede que hoy, acostumbrados a simuladores de conducción prácticamente fotorrealistas, resulte difícil comprenderlo. Pero cuando introduje aquel disco en mi PlayStation y vi por primera vez aquellos coches moviéndose por circuitos tridimensionales, sentí que estaba contemplando algo imposible.
Los vehículos, las curvas, las cámaras que seguían la acción y aquella sensación de profundidad representaban un salto tecnológico extraordinario para alguien que venía de los 16 bits.
No importaba que los gráficos fueran poligonales, que las texturas resultaran rudimentarias o que las animaciones estuvieran a años luz de lo que conocemos actualmente.
En aquel momento, todo aquello era espectacular. Era como tener una recreativa del futuro en el salón de casa.
Porsche Challenge no suele aparecer entre los primeros nombres cuando se recuerdan los grandes clásicos de PlayStation. Normalmente pensamos en Metal Gear Solid, Final Fantasy VII, Resident Evil o Gran Turismo.
Pero para mí ocupa un lugar especial.
Porque fue el primero.
El videojuego que me hizo comprender que las consolas estaban entrando en una nueva dimensión.
Y hay experiencias que, por muchos años que pasen, nunca se olvidan.
Aquellos maravillosos discos de demos
Pero si hubo algo que terminó de convertir aquella PlayStation en una máquina de sueños, fue el disco de demostraciones que venía incluido con la consola.
¡Qué maravilla eran aquellos discos!
Recuerdo especialmente las demostraciones de juegos como Ridge Racer y Abe’s Oddysee.
Ridge Racer era velocidad, espectáculo y espíritu de recreativa. Representaba esa nueva generación de juegos de conducción que nos hacía sentir que las máquinas domésticas estaban alcanzando lo que hasta entonces solo habíamos podido disfrutar en los salones recreativos.
Abe’s Oddysee era algo completamente diferente.
Un universo extraño, oscuro y fascinante, protagonizado por una criatura que no se parecía a ningún héroe convencional. Su dirección artística, sus escenarios y su particular sentido del humor demostraban que los videojuegos podían ofrecernos mundos verdaderamente originales.
Y lo mejor de todo era que no necesitábamos tener los juegos completos para disfrutar de aquellas experiencias.
Repetíamos las demostraciones una y otra vez.
Probábamos caminos diferentes, descubríamos pequeños detalles y exprimíamos cada minuto disponible.
Aquellos discos eran casi videojuegos por derecho propio.
Hoy tenemos acceso inmediato a miles de títulos, catálogos interminables y servicios de suscripción que prometen entretenimiento sin límites.
Y, sin embargo, no puedo evitar preguntarme si disfrutamos de cada juego con la misma intensidad.
Porque entonces no necesitábamos tenerlo todo.
Nos bastaba con Porsche Challenge, aquel disco de demos y una tarde libre para ser completamente felices.
Cuando los videojuegos empezaron a contar historias diferentes
PlayStation no se limitó a ofrecernos mejores gráficos. También transformó nuestra percepción de lo que podía ser un videojuego.
Resident Evil nos hizo experimentar el miedo de una manera completamente nueva. Metal Gear Solid demostró que un videojuego podía tener la ambición narrativa de una gran producción cinematográfica.
Final Fantasy VII consiguió emocionarnos con personajes e historias que permanecen en la memoria de millones de jugadores. Tomb Raider nos invitó a explorar escenarios tridimensionales que parecían imposibles unos años antes. Y Gran Turismo convirtió la pasión por el automóvil en una experiencia de conducción que marcaría a toda una generación.
Sony había conseguido algo extraordinario. Los videojuegos estaban creciendo. Se estaban haciendo más cinematográficos, más complejos y más populares. Y nosotros crecíamos con ellos.
La magia de comprar un videojuego
Sin embargo, cuando recuerdo aquellos años, no pienso únicamente en los juegos.
Pienso también en las tiendas.
En recorrer las estanterías observando decenas de cajas. En darles la vuelta para descubrir sus capturas de pantalla. En leer los análisis de las revistas y en imaginar cómo sería aquel título que tanto deseábamos conseguir.
Y, por supuesto, en el momento de llegar a casa con un juego nuevo.
Retirar el precinto, abrir la caja, contemplar el disco y hojear su manual era parte inseparable de la experiencia.
Comprábamos algo que podíamos tocar.
Algo que colocábamos orgullosos en nuestra estantería.
Algo que podíamos prestar a un amigo, intercambiar o conservar durante décadas.
No era únicamente un videojuego.
Era un objeto que formaba parte de nuestra vida.
Y precisamente por eso me cuesta tanto aceptar el rumbo que está tomando actualmente la industria.
De propietarios a usuarios: el peligro de perder el formato físico
Resulta paradójico que Sony, una de las compañías que más contribuyó a construir nuestros recuerdos, forme parte de una industria que avanza cada vez más hacia la distribución digital.
No pretendo negar sus ventajas.
Comprar un videojuego sin salir de casa, descargarlo inmediatamente o tener una biblioteca disponible sin cambiar de disco son comodidades evidentes.
El problema no es que exista el formato digital.
El problema es que algún día deje de existir una alternativa.
Cuando desaparece la posibilidad de comprar una edición física, también desaparece una parte de nuestra libertad como consumidores.
En el entorno digital, el acceso a nuestros juegos puede estar condicionado por licencias, cuentas de usuario, sistemas de autenticación y decisiones comerciales de las compañías.
Y aunque una compra digital no implica necesariamente que vayamos a perder el acceso, tampoco ofrece siempre las mismas posibilidades de conservación, préstamo o reventa que una copia física.
Conviene reconocer que las ediciones físicas modernas tampoco son perfectas. Algunos juegos requieren descargas adicionales, conexiones a Internet o actualizaciones para funcionar correctamente.
Pero precisamente por eso deberíamos exigir ediciones físicas completas, funcionales y capaces de sobrevivir al paso del tiempo.
No quiero que dentro de treinta años mis recuerdos dependan de que una compañía mantenga encendidos sus servidores.
No quiero que una decisión empresarial determine si puedo volver a disfrutar de un videojuego que compré décadas atrás.
Y, sobre todo, no quiero que las próximas generaciones pierdan la posibilidad de construir una colección que puedan conservar durante toda su vida.
Porque los videojuegos también son cultura.
También son patrimonio.
Y merecen ser preservados.
Aquella PlayStation era mucho más que una consola
Quizá quienes no vivieron aquella época no puedan comprender completamente lo que significó.
No había redes sociales donde compartir cada partida. No existían vídeos que nos explicaran cómo superar cualquier obstáculo. Si nos atascábamos, preguntábamos a un amigo, consultábamos una revista o pasábamos tardes enteras buscando la solución.
Los secretos se descubrían jugando.
Las conversaciones del recreo giraban alrededor de aquel jefe final imposible o del último truco que alguien había encontrado.
Y cuando un amigo venía a casa, compartir un segundo mando era suficiente para convertir una tarde cualquiera en un recuerdo inolvidable.
Puede que los videojuegos actuales sean técnicamente superiores en casi todos los aspectos.
Pero hay algo que ninguna resolución 4K, ningún trazado de rayos y ninguna inteligencia artificial puede reproducir.
La emoción de descubrir algo por primera vez.
Aquella sensación de encender una consola y no saber exactamente qué maravillas nos aguardaban al otro lado de la pantalla.
Treinta años después, siguen conmigo
Y aquí es donde esta historia cobra para mí un significado especial.
Porque todavía conservo aquella primera PlayStation.
Todavía tengo sus mandos DualShock.
Y todavía conservo mi Porsche Challenge original.
Puede que hoy tenga consolas infinitamente más potentes, capaces de mostrar mundos que entonces ni siquiera habríamos podido imaginar.
Pero ninguna podrá reproducir exactamente lo que sentí cuando encendí aquella pequeña máquina gris por primera vez.
Y lo más maravilloso es que todavía puedo volver a hacerlo.
Puedo sacar mi vieja PlayStation, conectarla a un televisor, introducir el disco de Porsche Challenge y regresar, aunque solo sea durante unos minutos, a aquella época en la que todo parecía posible.
Sin servidores.
Sin suscripciones.
Sin depender de una tienda digital.
Solo mi consola, mi videojuego y mis recuerdos.
Cuando miro mi colección no veo simplemente cajas, discos y cartuchos.
Veo tardes de domingo.
Veo amigos, familia, cumpleaños y momentos que nunca volverán.
Veo una parte de mi vida.
Y por eso sigo coleccionando videojuegos.
Por eso sigo defendiendo el formato físico.
Y por eso me resisto a aceptar un futuro en el que todos nuestros juegos sean únicamente licencias almacenadas en servidores ajenos.
Porque hay recuerdos que merecen seguir funcionando.
En los años noventa, encender mi PlayStation era descubrir el futuro.
Hoy, encender aquella misma consola es una forma maravillosa de regresar al pasado.
Y no pienso renunciar a ninguna de las dos cosas.
Y tú, ¿cuál fue tu primer videojuego de PlayStation? ¿Conservas todavía aquella consola que te hizo descubrir un mundo completamente nuevo?