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PlayStation

En defensa del formato físico: los videojuegos también se recuerdan con las manos

Por 4 min de lectura

Como coleccionista de videojuegos, estoy totalmente en contra de que desaparezca el formato físico. No es solo una cuestión de tener una caja en la estantería. Es defender la libertad de elegir dónde comprar, qué conservar y cómo disfrutar de los juegos.

Por eso creo que Sony debería replantearse su estrategia. Si el camino lleva a que, tarde o temprano, solo podamos comprar nuestros juegos en la PlayStation Store, habrá muchos jugadores que no se sientan representados. Y me da la impresión de que esa oposición ya está creciendo. Sony lleva acompañándonos desde mediados de los noventa; por eso duele ver cómo algunos de sus movimientos hacen que parte de su propia comunidad deje de defenderla y de apostar por la marca.

El formato digital es cómodo, pero también cambia nuestra relación con los juegos. Compras un título asociado a una cuenta y dependes de una tienda y un servicio para acceder a él. No quiero afirmar que mañana vayan a quitarnos todos nuestros juegos, pero sí me parece razonable preguntarse cuánto control tenemos sobre algo que creemos haber comprado para siempre. Cuando el acceso depende de terceros, la sensación de que el juego es realmente tuyo se debilita.

Con un juego físico hay algo tangible. Puedes guardarlo, prestarlo, venderlo, regalarlo o volver a jugarlo años después. El disco o el cartucho está ahí. Forma parte de tu colección y de tus recuerdos. Y una caja con su portada y su manual cuenta una pequeña historia incluso antes de poner el juego en la consola.

A veces pienso en esas tardes de domingo en las que conectabas la Super Nintendo y te echabas unas partidas a Super Metroid, Super Mario o Street Fighter con tu hermano o tus amigos. De pequeño salías del colegio deseando llegar a casa, encender la consola y empezar la siguiente partida. No había que navegar por una tienda digital: el juego estaba en la estantería, metías el cartucho y estabas dentro.

Comprar un juego también era toda una ceremonia. Ir a la tienda, mirar las estanterías y elegir entre un montón de cajas. A veces te convencía el título; otras, esa portada espectacular que poco tenía que ver con lo que luego veías en pantalla. Volver a casa parecía el camino más largo del mundo, porque querías abrir la caja, leer cada línea del manual y poner el juego cuanto antes.

Puede sonar a nostalgia, y lo es. Pero la nostalgia también forma parte de lo que somos como jugadores. No todos los recuerdos caben dentro del juego: algunos están en la tienda, en la portada, en el manual, en la persona que estaba sentada a tu lado y en la emoción de estrenar una aventura.

Por eso me da pena pensar que mis hijas quizá no vivan esa parte de la experiencia. Me gustaría enseñarles los juegos que me acompañaron y que pudieran descubrirlos con la misma ilusión: elegir uno, abrir su caja, curiosear el manual y poner el cartucho en la consola. Que algún día una tarde de domingo también se convierta en un recuerdo suyo.

No estoy en contra de que existan los juegos digitales. La comodidad tiene su sitio. Lo que no quiero es que esa comodidad se convierta en la única opción. Los jugadores deberíamos poder escoger el formato y decidir cómo compramos nuestra colección.

Ojalá Sony escuche a su comunidad y dé marcha atrás antes de que esta distancia se haga mayor. Me encantaría que un día cualquiera nos levantáramos leyendo que la próxima PlayStation permitirá seguir jugando con copias físicas. Que podamos volver a elegir un juego en una tienda, llegar a casa con la caja bajo el brazo y escuchar el clic del cartucho al entrar en la consola.

Porque un videojuego puede ser mucho más que algo que descargas y juegas. Puede ser una caja que guardas, un regalo que prestas y un recuerdo que compartes. No quiero que el formato físico desaparezca. Quiero que mis hijos puedan sentir algún día esa misma ilusión que sentía yo.

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